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Tradiciones y pobreza ralentizan el avance de las mujeres en Pakistán

A pesar de haber tenido una jefa de Gobierno, la participación política de las paquistaníes es muy limitada.

Cualquiera que asista a un mitin electoral en Pakistán se llevará la idea de que este país está habitado en exclusiva por hombres, o que a las mujeres no les interesa la política. Da igual cuál sea el partido convocante. En contados casos, y sólo en las ciudades, un puñado de seguidoras, con frecuencia familiares del candidato, asisten desde primera fila y separadas de los varones por una barrera. Ni siquiera las candidatas agitan la bandera del feminismo. Pakistán rompió un tabú al elegir como primera ministra a Benazir Bhutto en 1988, pero una mezcla de tradiciones, analfabetismo y pobreza ralentiza el avance de las paquistaníes.

El panorama es complejo. De un lado, los medios de comunicación están llenos de mujeres profesionales, sean periodistas, abogadas o políticas; también hay embajadoras, funcionarias, e incluso oficiales en el Ejército. De otro, la violencia contra las féminas sigue siendo un grave problema en este país de 208 millones de habitantes y un 42% de analfabetismo; matrimonios forzados, niñas fuera de la escuela, violaciones impunes y asesinatos bajo el torticero epígrafe de crímenes de honor oscurecen cualquier progreso legal.

“Tenemos leyes que protegen a las mujeres, también hay instituciones y ONG, pero falla la ejecución”, resume Nosheen Gul Karal, abogada y candidata a la Asamblea Nacional por Justicia y Democracia, un partido recientemente creado por un antiguo juez del Supremo. Pone como ejemplo el acoso en el trabajo. “A diario me llegan mujeres que, si tienen un problema con un jefe o un compañero y se quejan, ven como se les cierra cualquier oportunidad profesional. Nadie cuestiona al hombre, mientras que a ellas las culpan y las castigan. Así que es normal que tengan miedo a denunciar”, explica.

Gul Karal, que lleva 12 años ejerciendo y antes trabajó tres en la fiscalía, vive a diario la discriminación. “A las abogadas sólo nos llegan casos de derecho de familia, para los asuntos generales se prefiere a los hombres, se confía más en ellos”, constata. Sin embargo, opina que “la ley islámica de familia da muchos derechos a la mujer”, y no ve problema con que ésta reciba una tercera parte que sus hermanos en la herencia.

Las nuevas generaciones tal vez no sean tan comprensivas. A las puertas de la Universidad Federal de Arte, Ciencia y Tecnología, en Islamabad, cuatro jóvenes estudiantes de informática aseguran que para ellas la igualdad de derechos es fundamental. Amna, Pashmeen, Rabia y Arhama, entre 19 y 21 años, son las únicas chicas entre una treintena de alumnos. Dos se cubren la cara con el dupatta (el chal característico de la indumentaria femenina en el subcontinente indio) y dos no; también apoyan a distintos partidos en las elecciones. Coinciden sin embargo en las dificultades que afrontan como mujeres.

¿La principal? “La falta de movilidad”, responden al unísono. ¿La causa? Se miran cómplices y tras un intercambio en urdu, la lengua nacional de Pakistán, vuelven al inglés para culpar no a los padres sino a “otros miembros de las familias que se dedican a cotillear sobre si entramos, salimos o a dónde vamos”. ¿El transporte público? “Ha mejorado mucho”, aseguran en referencia al MetroBus, un sistema de autobuses urbanos que les traslada desde Rawalpindi, donde viven, hasta la capital. Lo consideran seguro, pero admiten que hay casos de manoseo. ¿Cómo reacciona la gente? “Enseguida viene un vigilante”.

Tal vez parezca poco, pero es un gran logro. Aún hay 13 millones de niñas sin escolarizar en Pakistán. En las zonas rurales, el 60% del país, las adolescentes no salen de la casa del padre si no es para casarse; en un matrimonio arreglado, por supuesto. La participación política refleja esos contrastes.

“Las mujeres ya no están olvidadas, incluso tenemos discriminación positiva. Empezamos a ser visibles”, defiende Hina Jilani, de la Comisión de Derechos Humanos, una ONG.

La Constitución paquistaní reserva para las mujeres 60 de los 342 escaños de la Asamblea Nacional (otros 10 son para las minorías religiosas). Sin embargo, esos puestos no se eligen por sufragio, sino que los designan los partidos políticos en proporción a sus resultados. “A pesar de que en la mayoría de los casos las nombradas suelen ser esposas, hermanas o cuñadas de los responsables de los partidos, en el último Parlamento han ejercido bien y algunas han dado el paso a presentarse como candidatas”, explica Jilani.

Otras activistas discrepan. “Muchas diputadas, en especial las de los partidos religiosos, ni siquiera intervienen una sola vez durante toda la legislatura”, señala Tahira Abdullah del Women Action Forum.

En total, 558 mujeres se presentan a las elecciones (172 a la Asamblea Nacional y 386 a las cuatro provinciales), un 24% más que en 2013. Es el resultado de la norma que obliga a los partidos a nombrar un 5% de candidatas, y la mayoría de ellos cumplen el requisito presentándolas en circunscripciones donde tienen escasas posibilidades.

A ello hay que sumar que, en algunas comarcas, los usos locales impiden que las candidatas salgan de casa para hacer campaña. En el caso extremo de Zahra Basit Bokhari, del Movimiento por la Justicia (PTI) en Muzaffargarh, una localidad del suroeste de Punjab, quien aparece en el cartel electoral es su marido porque, según declaró a GeoTV su director de campaña: “Nuestras mujeres no difunden sus imágenes”.

Además, sigue habiendo una significativa brecha de género. Aunque, según el censo de 2017, las mujeres representan la mitad de la población paquistaní, de los 98,6 millones de votantes registrados, sólo 43 millones son mujeres, lo que deja a 12,5 millones de ellas fuera de las urnas (en 2013, fueron 10,97 millones). Jilani recuerda, no obstante, que la Comisión Electoral ha advertido de que anulara los resultados en las circunscripciones donde la participación femenina no supere el 10%.
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